19/12/2003
Pablo Lucio Paredes
pabloluc@ecnet.ec
Nos hemos acostumbrado a pensar en la política como el eje de la vida nacional.
Todos estamos cansados de que la vida política sea tan invasiva en el quehacer diario. Noticias insulsas, escándalos. Quisiéramos desterrarla de nuestras mentes y poder dedicarnos con más tranquilidad y mejor ánimo a nuestras diversas tareas que son las realmente generadoras de riqueza.
Pero este fenómeno de querer menos política, no debe ser solamente visualizado en relación al hastío diario que nos produce, sino de una manera más profunda: el exceso de política es el síntoma de una sociedad que le otorga demasiado espacio a los grupos de poder estatal o paraestatales, y muy poco a la libertad individual.
No es realmente cierta esa expresión de que “todo es político” y por eso la política tiene que ser omnipresente. Nos hemos acostumbrado a pensar en la política como el eje de la vida nacional porque hemos permitido que, cada vez más, el Estado intervenga en nuestras vidas y nuestras decisiones de mil maneras: impuestos, regulaciones y más.
En una sociedad donde prime el individuo, sus libertades y sus responsabilidades, el espacio de lo político sería infinitamente menos invasivo, lo que no eliminaría la política, pero esta sería entendida de una manera muy diferente: se trataría de la natural (pero libre) inclinación de la mayor parte de los individuos por el correcto funcionamiento del grupo del que hacen parte (no para que un ente abstracto llamado “colectividad” funcione mejor, sino por el interés de que un grupo funcionando correctamente sirve mejor los objetivos de cada uno de sus miembros). En cambio, el sentido actual de la política es que hay por encima de los individuos ese ente abstracto bautizado de “colectividad”, en nombre del cual deben diseñarse las políticas y en nombre del cual se debe sacrificar la libertad individual. Con el agravante de que esa abstracción se termina convirtiendo en algo muy concreto, como es el interés de algunos grupos (soberbiamente) alimentados desde el Estado.
Si la reflexión anterior le parece algo teórica, pongamos un ejemplo (usted imaginará otros) de cómo una sociedad “menos política” puede resolver sus problemas, es decir ser política teniendo una perspectiva diferente de lo político.
Hace 100 años o algo más no existían los sistemas de jubilación obligatorios, ahora impuestos a nombre del “bien común”. ¿Acaso las personas no se preocupaban de su vejez? ¿O acaso muchas personas que no alcanzaban una jubilación digna no lograban encontrar apoyo en familiares, amigos o mecenas?
¿Cree usted que la situación de los ancianos es hoy mejor que entonces? Ahí tenemos un ejemplo claro de cómo el individuo y el grupo podían convivir en un esquema de libertad. Es cierto que se nos hace difícil volver a concebir cómo el individuo puede a la vez preocuparse de sí mismo y de los demás, se nos ha cercenado esa capacidad, porque nos han hecho creer que solo la esfera política puede cumplir esa función … y seguimos creyéndolo a pesar de lo mal que cumple esa tarea, tanto en términos de resultados como de libertades violentadas.